ELEGÍA A JENS RAABE
Cuando le conocí, bastaron diez minutos y unas pocas palabras para que me cayera bien. Aunque no le veíamos mucho, mantenía un asiduo contacto con su amiga de alma; y cuando por motivos de trabajo se encontraba cerca, solía pasar algun fin de semana en casa, donde mantenía largas conversaciones con Andrea; confiándose ambos sus últimas inquietudes; y yo adivinaba en sus rostros el bálsamo curativo que segrega la amistad.
Era un tipo acostrumbado a la noche. No poseía domocilio fijo ni raices, y sus pertenencias bien podían caber en su bolsa de viaje. Era uno de esos tipos de segunda fila, que se mueven en un escenario para deleite del público y se alimentan de aplausos compartidos. No era un tipo duro. Era bailarín y le gustaban los hombres. Era sensible y poseía el donaire y la elegancia del cisne en cada gesto. Se llamaba Jens Raabe; en una autopista de Berlín quiso la muerte coregrafiar su último baile.
No me duele tanto tu ausencia, como el dolor de saber que quedarás para siempre tras el telón de nuestras vidas. Me molesta tanto, que busquen respuestas profanando tus restos - como saber que de nuevo el estúpido progreso haya segado la flor de tantas ilusiones. Y no me duele tanto por ti. Al fin y al cabo tú ya llegaste al final del camino, entanto nosotros seguimos acá, empeñados en ponernos trabas, haciéndonos difícil el caminar. Lo siento más por la mutilación que genera tu pérdida a los que tanto te querían.
Mi amigo Charli, que murío en otro estúpido accidente de tráfico, tuvo tiempo de llamar a Dios mientras la vida se le iba acabando. El bueno de Charli, tocaba el saxo en el "Osiris", un garito de la mala muerte, allá por los años setenta. Se apellidaba Cuervo, cómo tú, y era ateo. Cuando me descubrió entre los rostros que le contemplaban tendido en el asfalto, tomó mi mano, la apretó y me dijo: "Amigo mio: no creas que reniego de mis creencias. Lo que pasa es que, en esta jodida ciudad, es más probable que Dios llegue antes, a que lo haga una ambulancia". Entonces deseé con todas mis fuerzas que llegase la condenada ambulancia - y que ésta fuese conducida por Dios. Ignoro que pudo sucederte. Quiero creer que no sufriste, que dormías en el sueño de la mejor de tus actuaciones, y que al despertar del otro lado del telón caído, haya sido Dios, quien quebrara el silencio con una cerrada ovación.
Descansa en paz, querido Jens. Y permíteme que también yo dé un póstumo aplauso a la que fue tu vida.
20 de Febrero de 2000 - Juan-P. López
